ROSA DE ORO

VÍDEO DE LA SALIDA DE LA VIRGEN DE LA CABEZA DE LA CATEDRAL DE JAÉN

RECIBIDO DE: Curro de la Virgen de Guadalupe.

Benedicto XVI otorga la primera Rosa de Oro a una Virgen en España
La Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén

JAÉN, viernes 23 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha otorgado la Rosa de Oro a la Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén, que se convierte así en la única imagen mariana en España que ha recibido esta condecoración pontificia.
El obispo de Jaén, monseñor Ramón del Hoyo, mostró, este miércoles en rueda de prensa, la Rosa de Oro.
Se trata de un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal.
Tiene una inscripción en latín que dice: “Benedicto XVI. Rosa de Oro. Para la imagen de la Bienaventurada Virgen María de la Cabeza, Patrona Celestial de la Diócesis de Jaén. Concesión benignísima. 22 de noviembre de 2009”.
El obispo de Jaén había solicitado la Rosa de Oro al Santo Padre con ocasión del Año Jubilar que celebra la diócesis de Jaén en honor de su patrona en el centenario de su coronación canónica.
Al formular esta petición, monseñor Del Hoyo alegó que en su honor se celebra la romería más antigua de España y que miles de fieles le profesan devoción.
Para conmemorar el cincuentenario de su proclamación como patrona de la diócesis de Jaén, la Virgen de la Cabeza será llevada el próximo mes de noviembre desde su Santuario de Sierra Morena, en la localidad de Andújar, a la catedral de Jaén.
Allí permanecerá desde el sábado 14 al domingo 22 de noviembre de 2009, y durante su presencia en la catedral se celebrarán diversos actos litúrgicos, pastorales, formativos y culturales.
Durante la estancia de la imagen en la catedral, monseñor Del Hoyo, en nombre del Papa, colocará la Rosa de Oro a los pies de la Virgen de la Cabeza. Posteriormente, el símbolo seguirá junto a su imagen en el Santuario del Cerro del Cabeza.
Historia de la Rosa de Oro
La Rosa de Oro es un reconocimiento del Papa a personalidades católicas prominentes que ha experimentado una evolución significativa.
Inicialmente lo recibían reyes y dignatarios, después casi exclusivamente reinas. Y últimamente, Nuestra Señora en algunas de sus advocaciones. La distinción fue creada por el Papa León IX en 1049.
Entre las reinas que la recibieron se encuentran María Cristina de Austria, reina regente de España (León XIII, 1886); Isabel I de Brasil (León XIII, por liberar a los esclavos en 1889), y Victoria Eugenia, consorte de Alfonso XIII en 1914, por Benedicto XV.
En tiempos más recientes, después del Concilio Vaticano II, la condecoración pontificia pasó a ser regalo de los papas a Nuestra Señora: Fátima en 1965 por Pablo VI; Aparecida en Brasil, en 1967 por Pablo VI; de Luján en 1982 por Juan Pablo II; de Guadalupe; de Loreto; de la Evangelización en Lima, Perú, en 1988, por Juan Pablo II; de Jasna Gora en Czestokowa, Polonia, en 2006 por Benedicto XVI; Aparecida en Brasil, en 2007, por Benedicto XVI, y Pompeya en Italia, en 2008, por Benedicto XVI.
Sobre la “Rosa de Oro”, existe un bello relato romántico, escrito en el siglo XIX por el escritor español Leopoldo Alas (Clarín), centrado en este regalo papal y en el robo que sufrió la iglesia de San Mauricio y de Santa María Magdalena, en Hall (Europa Central), donde se guardaba, como el tesoro que era, una “rosa de oro” (gemacht vonn golde, dice un antiguo código) regalo de León X a la Iglesia que se extendía por aquellos lugares.
Según este relato, que probablemente se basa en leyendas del lugar, la rosa fue robada de la iglesia por un joven para regalarla a la dama de sus amores.
Ésta, cuando se dio cuenta de la locura del joven, peregrinó a Roma para devolverla al Papa. El Obispo de Roma retuvo la rosa, tranquilizó a la joven y la devolvió a su país con una generosa limosna para el viaje y para aquella iglesia.
Años después, la rosa llegó como regalo del Papa a María Blumengold, que así se llamaba la peregrina.
El Papa bendecía antes de Pascua, en el domingo de Laetare, las de oro, que luego enviaba, con sus embajadas, a reinas y otras damas ilustres que se habían distinguido en la protección a la Iglesia o la defensa de los débiles; también a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.